La naturaleza de Dios es inclinada hacia dar. Dar lo más preciado en la vida de Jesucristo es la mayor
manifestación de su amor desinteresado por nosotros.
Hace mucho tiempo, aún cuando sólo mi Espíritu se movía sobre la faz de la
tierra, tuve un anhelo en mi corazón: Crear un ser con el cual pudiera tener
perfecta comunión.  Un ser que en mi imagen y semejanza fuera capaz de
recibir mi amor y al mismo tiempo mostrarme gratitud.  Fue tal mi deseo por
relacionarme libremente con ese ser que le otorgué la capacidad de elegir.  
Tener comunión conmigo y obedecerme no sería una obligación, no sería un
proceso predefinido, sería una libre elección que podría tomar. Fue entonces
que lo formé y le llamé ser humano, hombre y mujer.
Pero esa capacidad de elegir le dio la oportunidad de lo que tanto procuré
evitar: Que me desobedeciera.  Su desobediencia, rompió nuestra relación,
hizo que su espíritu tan celosamente guardado por mí muriera y nuestra
comunión quedó quebrantada. ¡Cuánto se dolió mi corazón!  Mi Santidad no
podía tener comunión con el pecado. Mi pureza no podía mezclarse con la
suciedad de la maldad que había entrado en el corazón del ser humano.  .
Fue así como a lo largo de la historia pude ver como inútilmente el hombre se
esforzaba por restaurar nuestra relación.  Bajo un sin fin de obras procuró alcanzar lo
inalcanzable.  Bajo una buena conducta procuró seducirme nuevamente.  Incluso se
dedicó a ofrecerme sacrificios que igualmente fueron insuficientes.  Seguramente aún
no entendía a la perfección que mi exigencia era muy alta.  Que yo no demandaba
obras, esperaba un corazón genuinamente arrepentido.  Que mi exigencia no era una
conducta intachable, sino un estilo de vida consagrado a mí. Que sus sacrificios
seguirían siendo pocos comparado con el estándar de perfección que yo demandaba.
Nada, podría lograr que nuestra relación se restaurara.  Excepto una cosa:
Yo mismo.  Así que tomé la decisión. No me importó despojarme de mi
divinidad y humillarme al extremo de hacerme hombre.  Conviviendo en
medio de ellos.  Compartiendo junto a ellos.  Experimentando sus
necesidades para comprenderlos mejor.  Pasando por sus pruebas para
luego ayudarles a sobrellevarlas.  Estableciendo una estrecha relación, no
solamente de compañía, sino buscando su amistad.  Busqué ser parte de
ellos, como ellos ya eran parte de mí.
Pero aún debía llegar más allá... El error cometido había sido demasiado grande.  La
falla había generado un remedio que exigía un precio demasiado alto.  Un sacrificio
perfecto en beneficio del ser imperfecto.  Ese era parte del plan.  Debía entregar mi
vida para recuperar la de ellos.  No era un paso sencillo de dar.  Habría mucho
sufrimiento, un castigo que yo no merecía, pero que era necesario llevar con tal de
pagar el precio fijado por recuperar y restaurar nuestra relación.  Honestamente, en la
humanidad que estaba experimentado, hubiera preferido que ese paso doloroso
pasara... pero no había otra solución, era necesario pasar el dolor, pues aún ese dolor
era más pequeño que mi anhelo por rescatarlos.
La más grande de todas la humillaciones estaba siendo dirigida hacia mí.  
Ofensas y maltratos verbales, traición de aquellos a los que le brindé toda
mi confianza, escupidas cargadas de desprecio me eran arrojadas. Burlas
sazonadas con dolor eran trasladadas por doquier.  Torturas que rasgaron
mi piel y hacían doler como pocas veces mi corazón.  Una corona que en
sus espinas mostraba el desprecio que por mí sentían me fue colocada en
la cabeza.  Me hicieron cargar con una pesada cruz que contenía todo el
odio que en ese momento hacia mí era dirigido.  Me crucificaron en medio
de dos malandrines, a los cuales ni caso les prestaron en su afán por
mostrarme desprecio.  Pero nuevamente, todo era parte del plan.
Tal era el nivel de amor que por ellos hay en mi ser que no me pesó estar
dando mi vida por ellos.  Aún allí solicité el perdón por lo que estaban
haciendo. Aún con mis brazos sujetados por clavos a ese madero seguía
suspirando por estar con ellos y que ese sacrificio no fuera en vano.  Mi vida
en la tierra estaba terminando, pero estaba viendo como las puertas de los
cielos se estaba abriendo para dejarlos entrar al momento de simplemente
confiar en mí.  Y, mientras la muerte hacia su aparición, la vida eterna estaba
siendo colocada a disposición de ellos.
Pues ¿cómo podía la muerte vencer al dador de vida?  La cruz fue el medio
por el cual sepulté sus pecados, y la tumba vacía la evidencia que todo había
sido consumado.  Ya no más esclavos del pecado, ya no más presos de la
angustia. Ahora pueden vivir en libertad.  Despojarse de sus cargas del
pasado y dejar que yo los arrope con las vestiduras de la Gracia y revestirlos
del poder que necesitan para vivir plenamente, abundantemente.
Hoy, más de dos siglos después, les sigo esperando.  Sigo tan anhelante de
tener comunión con ellos como desde el momento en que suspiré para crearlos.
Mantengo la expectativa de verlos venir a mí corriendo en busca de paz, paz
duradera y perfecta.  Mis ojos brillan con lágrimas de emoción cuando uno de
ellos se acerca reconociendo su necesidad de mí y manifiesta el deseo por recibir
de mi presencia.  Sigo igual, no he cambiado.  Mi corazón sigue estando abierto
hacia ellos. Pero, como desde el principio, siguen teniendo la libertad de hacerlo.
Sigo siendo una opción en su vida... La mejor de todas ... pero una opción
Una opción en la que todo lo que pido se resume en una palabra: Obediencia.  Una
obediencia basada en una relación.  En donde la confianza que vayan teniendo en
mi esté basada en el conocimiento que adquieran de lo que soy.  Una obediencia
fruto de un mutuo amor expresado y recibido.  Conozco sus sueños. Sé de sus
anhelos más profundos. Sueños y anhelos que yo mismo planté en sus corazones.
 Sueños que de igual forma yo tengo.  Sueño con el día en tenerlos en mis brazos,
en recibirlos con algarabía en su regreso a casa.  Anhelo aún más que ellos con
poder verlos cara a cara y disfrutar con ellos su vida en la tierra y su existencia por la
eternidad.  Sueño cada día con poderles hablar y que ellos puedan escuchar por
siempre estas dos palabras: LOS AMO...
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Estimado amigo:
Si usted se encuentra en este sitio y ha leído esto no es producto de la casualidad. Existe
un propósito de Dios para su vida.  Él está sumamente interesado en su vida y desea
iniciar una relación personal con usted.  El primer paso es reconocernos pecadores y
necesitados de su perdón, invitarlo a que ingrese en nuestro corazón y darle el control de
nuestras vidas.  Si ese es su deseo le invito a que en sus propias palabras le entregue su
vida a Él y le haga el Señor de todos sus momentos. Puede tomar como modelo la
siguiente oración y recibir el mayor Regalo preparado para usted:

"Señor Jesús, me reconozco como pecador y me arrepiento de todo lo que he hecho
fuera de tu voluntad.  Te pido que me perdones, tomes el control de mi vida y entres en mi
corazón.  Ayúdame a vivir conforme a tu voluntad y así llegar a ser la persona que deseas
que llegue a ser.  Amén"